Página 40 - RCMAGAZINE12

Versión de HTML Básico

40
LA CARA B
Por Antonio Rentero
Pasión por el baile
C
on 6 años bailaba en la habitación de mi herma-
no, la más grande de la casa, que al disponer
de un gran ventanal me permitía contemplar mi
reflejo como si estuviera en una sala de baile.
Earth, wind & fire sonaba en el radiocassette
y pasaba horas bailando repitiendo las coreografías que veía en
“Aplauso” o “Viva la gente”.
Con 9 años escuché música saliendo de un local de la calle
Sagasta. Pegué la naricilla al cristal y vi niñas bailando. Dije a mi
madre que quería apuntarme. En esos tiempos era caro apren-
der danza, y tampoco había muchos sitios donde enseñasen, así
que comencé aprendiendo bailes regionales formando parte de un
grupo hasta los 15 años. Incluso hice un año de danza en el con-
servatorio aunque por desgracia el solfeo para mí era como las
matemáticas: no me enteraba de nada a pesar de que la profesora
alababa mi buen oído musical. Tuve que abandonar por vergüenza
de no ser capaz de aprender solfeo.
Seguí durante años hasta optar por el canto, en el Orfeón Fer-
nández Caballero, una pausa lírica en mi pasión por dejar que la
música se exprese con el cuerpo.
Diabolus In Música es la denominación
acuñada en torno al Barroco de un acorde
de tres tonos de gran dificultad interpretati-
va y sirvió para dar nombre a un coral de
17 voces formada por Gabriel Bastida (que
años más tarde abandonó todo llamado por la vocación, ingresó
en el seminario y llegó a ordenarse sacerdote), con la que estuve
cantando hasta los 20 años abordando motetes, madrigales... En-
sayábamos varias horas a diario, lo que nos llevó a ganar un buen
número de premios. Una Navidad tuvimos varias actuaciones en la
plaza de Belluga, lo que perjudicó gravemente nuestras gargantas
debido al frío.
Mi pasión por la música me ha llevado a vivir momentos singula-
res: cierto día a mis 14 años repasando tres de mis discos favoritos
(de Paloma San Basilio, Mocedades y Luis Miguel) compruebo que
todas las canciones están compuestas por el mismo autor: Juan
Carlos Calderón. Al día siguiente apareció Calderón en televisión y
descubrí a quien veinte años después llegaría a conocer personal-
mente, manteniendo una estrecha e íntima amistad cuya ausencia
desde que falleció me duele profundamente.
A los 19 años me fui a Madrid a estudiar, donde canté con tres
corales distintas sin impedimentos por mi falta de conocimiento de
solfeo, que suplía con el resto de habilidades que había logrado de-
sarrollar. Si tuve algún problema en todo caso fue con el repertorio
de las corales: si no me gustaba lo que tenía que cantar, terminaba
abandonando.
Encontré mi hueco en la Coral Bach, donde durante tres pre-
ciosos años sólo cantamos piezas en alemán de este gran com-
positor, una iniciativa impulsada por la embajada de Alemania.
Cantábamos en una iglesia protestante y aún se me eriza el vello
al recordar nuestra actuación conjunta con un coro anglicano del
Réquiem de Mozart. Sufrimos una disciplina rígida y casi inflexible
que obtuvo de nosotros un nivel de excelencia sublime, incluso con
casos como el mío (y de otros compañeros) que a pesar de no sa-
ber leer partituras conseguíamos interpretar a la perfección.
Fui una soprano ligera con mucha potencia de voz pero, a pesar
de los consejos para que tomase lecciones que me permitieran
despuntar profesionalmente, nunca pude hacerlo por el fuerte des-
embolso económico que suponía y que mi modesta economía no
pudo afrontar.
Llegué a conjugar canto y danza acu-
diendo un par de días por semana a una
academia de danza bolera, danza española
caracterizada por movimientos similares al
flamenco pero más estilizados y delicados,
propia para composiciones de Albéniz o Falla. No pude pagar más
que tres meses porque era muy caro, además procurando que mi
madre no se enterase. Elegí entre costear las cenas o la acade-
mia... y ganó la danza.
Al acabar la carrera me marché a Puerto Rico donde bailé salsa
una o dos noches por semana. Años después, ya establecida en
Murcia, el gimnasio al que acudía comenzó a impartir clases de
baile de salón y pude retomar el placer de bailar que ahora quiero
ampliar acudiendo a unas clases de tango que me han recomen-
dado en Cartagena.
He intentado retomar la participación en alguna coral pero no he
encontrado ninguna cuyo repertorio me haya apasionado. Después
de cantar a Bach el listón quedó muy arriba.
Soy
Lola Gracia
, y aunque pocos lo saben, soy cantante y bailarina.
“Sufrimos una disciplina
rígida y casi inflexible que
obtuvo de nosotros un nivel de
excelencia sublime”