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C
ultura
A
cinco kilómetros de la ciudad en dirección noroeste se
alza un abrupto peñasco que los antiguos llamaron “mons
acutus”. El emplazamiento natural tuvo desde antiguo un
gran valor estratégico, ya que, anegadas las tierras bajas por el
desbordamiento frecuente del Segura, la colina controlaba el único
acceso practicable desde la vecina Orihuela.
En sus faldas se han encontrado restos íberos y romanos, reve-
lando una ocupación continuada del cerro desde antiguo. Incluso
las columnas de mármol rojo que adornan la Iglesia de San An-
drés, en Murcia, fueron originariamente parte de un templo romano
ubicado en las inmediaciones.
Quienes aprovecharon y explotaron de modo definitivo las posi-
bilidades defensivas de la zona fueron los reyes musulmanes de
Murcia. Construido en el siglo XI, el castillo de Monteagudo sirvió
de prisión al primer rey, Abderramán Ibn Tahir. En el siglo XII el
conjunto fue completado con el alcázar de recreo del Rey Lobo
-Ibn Mardanis- (el cercano Castillejo de Monteagudo) y la fortifi-
cación de Larache, convirtiéndose en muestra del esplendor de
la corte taifal murciana y la resistencia hispanomusulmana frente
a los almohades. En esta época Murcia llegó a ser un importante
reino en la península, siendo referente por su economía y pujanza
en toda Europa.
La incorporación del rei-
no de Murcia a la Corona
de Castilla en 1243, no su-
puso el declive de la forta-
leza de Monteagudo; antes al contrario, Alfonso X el Sabio fijó en
él su residencia murciana, e incluso se supone que en el mismo se
escribió alguna de las VII Partidas del Rey Sabio.
Su valor estratégico –como puntal de defensa frente al reino de
Aragón- quedó diluido por la unificación hispana, siendo abando-
nado desde el siglo XVI en que su último morador cerró para siem-
pre las puertas.
Peor suerte corrió, en cambio, el cercano “Castillejo”. Edificado
por Ibn Mardanis en el siglo XII, fue arrasado por los almohades
pocos años después, quedando sepultado hasta principios del si-
glo XX, en que la piqueta de los arqueólogos lo sacó nuevamente
a la luz, si bien la falta de conservación y protección administrativa
permitió que su propietario destrozara el interior del castillo y cons-
truyera una balsa, reutilizando sus materiales.
Siguiendo una moda de la época, en 1926 el ayuntamiento de
Murcia colocó sobre el castillo de Monteagudo una estatua del Sa-
grado Corazón de Jesús, obra de Anastasio Martínez Hernández,
que fue destruido en 1936 y sustituido por otra escultura de Nico-
lás Martínez en 1951. Esta obra desató hace poco la última polé-
mica sobre el castillo, al solicitar el abogado José Luis Mazón su
retirada, basándose en el carácter aconfesional de la Constitución,
y haciendo –una vez más- el ridículo ante los tribunales.
La cultura popular ha acuñado multitud de leyendas relaciona-
das con el conjunto medieval. Según una de ellas, un misterioso
pasadizo que comunicaba con la Catedral y donde se hallaría es-
condido un fastuoso tesoro dejado por los moros, custodiado por
dos gigantes encantados. Otra historia cuenta que ante la única
ventana del castillo que
se conserva (situada justo
debajo del Cristo) lloraba
una princesa mora (o cris-
tiana, según las versiones)
ante la maravillosa vista de la huerta murciana. Finalmente, la pre-
sencia de una inmensa sima –procedente quizás de uno de los
aljibes- también ha suscitado numerosas historias.
Aunque el castillo y su entorno fueron declarados BIC en 1985,
los problemas de titularidad y el desinterés de los políticos (unido
a la oportuna y omnipresente crisis) tienen sumido en la miseria
a lo que podría ser un recurso turístico y cultural de primer orden.
Cualquier país que tuviera un yacimiento con mil años de antigüe-
dad, rodeado de la bellísima huerta de Murcia, a cinco kilómetros
de la ciudad, lo aprovecharía para crear un parque arqueológico,
con terrazas, restaurantes, miradores sobre la huerta, con rutas
guiadas, tiendas de souvenirs y un teleférico que llevara a los tu-
ristas –previo pago de su importe- a lo alto del castillo para que
admiraran la vista desde la ventana de la Mora… En vez de eso,
en Murcia dejamos que el tiempo destroce los últimos vestigios de
un pasado glorioso que tampoco conocemos.
‘MÁS ARROGANTE QUE UN HÉRCULES,
MÁS EMPINADO QUE UN HUSO.
ROTA LA PÉTREA CORONA,
QUE UN TIEMPO FUERA SU ORGULLO,
JUNTO AL CAMINO DEL REINO
ELEVA SU CONO ABRUPTO’
Frutos Baeza
El olvidado Castillo
de Monteagudo
“La leyenda cuenta que, ante la única ventana del
castillo que se conserva, lloraba una princesa mora
ante la maravillosa vista de la huerta murciana”
Fe de errores.
Juan de la Cierva Codorníu, inventor del autogiro, es hijo de María Codorníu Bosch y Juan de la Cierva Peñafiel, y no de Carolina Codorníu
Bosch y su marido Juan Antonio Pérez Urruti, tal como decía el artículo del número anterior de “De Murcia al cielo”. Corrección de Pilar
Cáceres, sobrina de Carolina Cordorníu.