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C
ultura
ARS CASINO
Por Mª Loreto López Martínez
Restauradora
El Patio Árabe, antesala de ensueño
A
l traspasar el zaguán
de entrada al Real Ca-
sino de Murcia, cegado
por la abrumadora luz de la ca-
lle Trapería, el paseante entra
a un cálido ambiente tamizado,
un espacio fastuoso de sabor
oriental, el Patio Árabe, digna
antesala de lo que le espera en
el interior.
En la Europa romántica
del siglo XIX surgió el térmi-
no “Alhambrismo”, aplicado a
la literatura, la música y, por
supuesto, a la arquitectura y
a las artes decorativas, favo-
recido por el descubrimiento
del entonces ruinoso palacio
granadino por parte de los
viajeros europeos, en especial
los británicos, tan aficionados
a la “arqueología”. Consiguie-
ron atesorar, en el Victoria &
Albert Museum, una de las
mejores colecciones de pie-
zas originales procedentes del
medieval conjunto palaciego;
el conservador de la Alhambra
desde 1846, Rafael Contreras
Muñoz (1826-1890), en su
afán reconstructor, realizó los
moldes de la mayor parte de
las yeserías nazaríes que aún
permanecían en el edificio, es-
tos también fueron copiados y
difundidos extensamente.
A lo largo de la centuria del
ochocientos, entre la nobleza
y las familias adineradas, es
de rabiosa moda decorar los
salones de sus palacios con
estilos exóticos, sobre todo el
árabe, que en España fue es-
pecialmente utilizado durante
el reinado de Isabel II, de modo
que a finales del siglo raro es
el palacio o palacete que se
precie que no cuente con una
dependencia decorada a imita-
ción de la Alhambra.
Aunque con la moda un poco
trasnochada, pues estamos en
los últimos años del XIX, la
idealización de las decoracio-
nes arabescas es la directa
inspiradora de todos los deta-
lles de yeserías que en nuestro
Patio Árabe podemos contem-
plar, similar a la de la Torre de
la Cautiva de la Alhambra. Con
diseño en sebkas y atauriques,
es obra del escultor-decorador
madrileño Manuel Castaños,
autor de otros muchos moti-
vos decorativos del interior del
Casino murciano, que cuenta
para su ejecución con virtuo-
sos alarifes, doradores y pinto-
res. Artista no suficientemente
conocido, aunque muy bien
considerado en su época, en
1897 ya andaba el maestro
Castaños por tierras murcia-
nas, decorando la capilla de la
Casa del Amparo de Archena,
obra sufragada por el Marqués
de Corvera, y un año después,
en esta misma localidad, las
decoraciones arabescas del
Balneario, coetáneas a las del
Casino.
Pero si este mágico espacio
impresiona por las labores de
yeserías, dorados y policro-
mías que se desarrolla en sus
dos alturas, no desmerece en
el conjunto la gran cúpula en
forma de bulbo de hierro y vi-
drios coloreados, que alcanza
el punto más alto del Casi-
no, realizada por J. Mejías en
1902, o el suelo de mármol en
lacería, en cuyo centro estuvo
en un principio la fuente que en
la actualidad podemos contem-
plar en el Patio Azul.
A poco de ser inaugurado,
un artículo de D. José Martínez
Tornel, en el Liberal de Murcia
del 13 de mayo de 1904, nos
habla de sus impresiones:
“…En el patio árabe, que es
un portento de labores, donde
cae la luz filtrada por vidrios
matizados, donde se aspira el
ambiente puro de una Alham-
bra perfumada, no había nadie.
¿Para qué—me dije yo, sen-
tándome allí, con el amigo An-
tonio Spottorno, a tomar café—
para qué habran gastado
tantos miles de duros en hacer
este templete encantador?
¡Cuidado que es aquello bo-
nito¡ Todos los forasteros, todos
los periodistas acostumbrados
a ver cosas y a no admirarse
de ninguna, se detienen allí y
admiran aquella correccIón,
aquella exactitud copiada de
los adornos arabescos, y aquel
lujo de detalles riquísimos…”
Y todo esto lo escribió al hilo
de que la mayoría de los socios
prefería sentarse en la puerta,
viendo pasar a los transeuntes,
pues, como el mismo dice en el
artículo, “En una calle como la
de la Trapería y a Ia puerta de
una sociedad, como la del Ca-
sino, no se puede estar senta-
do tan a la negligé como cuan-
do uno está en su casa,…” ¡Oh
tiempos, oh costumbres!
“…En el patio árabe, que es un portento
de labores, donde cae la luz filtrada
por vidrios matizados, donde se aspira
el ambiente puro de una Alhambra
perfumada, no había nadie”